A más de tres décadas de la masacre de calle 48 en La Plata, la plataforma de streaming estrena una docuserie de cuatro episodios que expone el expediente pericial del cuádruple femicidio y confronta el perverso relato mediático que intentó justificar al asesino.
El 15 de noviembre de 1992, la ciudad de La Plata fue el epicentro de uno de los hechos policiales más brutales de la historia criminal argentina. En el interior de la casona familiar, el odontólogo Ricardo Barreda empuñó una escopeta Víctor Sarrasqueta calibre 16 y asesinó de manera sistemática a su esposa Gladys McDonald (57), a su suegra Elena Arreche (86) y a sus dos hijas, Cecilia (26) y Adriana (24). El desembarco en Prime Video de “Barreda: El asesino que dividió a un país” vuelve a situar el caso en el foco público, desarmando paso a paso las coartadas y el andamiaje social que rodeó al múltiple homicida.
A lo largo de cuatro capítulos, la serie propone un recorrido documental riguroso a través de material de archivo judicial, grabaciones del juicio oral de 1995 y testimonios directos de peritos forenses, criminólogos y cronistas que cubrieron el caso. Desde la puesta en escena inicial —con la que Barreda intentó simular un robo violento mientras visitaba zoológicos y pasaba la tarde con su amante— hasta el quiebre de su testimonio ante la policía bonaerense, el relato no deja fisuras sobre la fría planificación de las ejecuciones.
El punto central de la docuserie radica en su radiografía cultural y mediática. En una Argentina de comienzos de los noventa que aún carecía de la tipificación legal y conceptual de femicidio, sectores de la prensa y de la opinión pública construyeron una narrativa indulgente en torno a la figura del odontólogo. Su intento de justificarse bajo el alegato de maltratos cotidianos y humillaciones domésticas derivó en canciones, pintadas callejeras y una perturbadora empatía social que la producción desmonta testimonio por testimonio.
Los informes forenses y las evaluaciones psiquiátricas expuestas en pantalla descartan de plano la hipótesis de un brote psicótico o de emoción violenta. Barreda no actuó bajo un arrebato impulsivo: planificó los movimientos, cargó los cartuchos, esperó a cada una de las víctimas y remató a sus propias hijas cuando intentaban huir por los pasillos de la vivienda.
Con un tratamiento narrativo sobrio y alejado del morbo, la docuserie ubica el expediente en su verdadera dimensión histórica. Más allá de la crónica de sangre de la calle 48, la producción expone cómo una sociedad tardó tres décadas en desarticular el mito del hombre común acorralado y llamar al horror por su nombre.



