El silencio del invierno en Milton Keynes se rompió con una declaración que retumbó hasta las oficinas de Ferrari y Mercedes. Apenas a unos días de que los semáforos se apaguen en Bahréin, Jos Verstappen soltó la frase que todo el mundo Red Bull quería escuchar: el RB22 es, sencillamente, “prometedor”. No es una palabra lanzada al azar; es el aviso de que la bestia diseñada para la nueva era de 2026 ha despertado con un “hambre voraz”.
El desafío técnico de este año es una montaña rusa de incertidumbre. Con el cambio radical en el reglamento de motores, muchos esperaban ver a los gigantes tropezar. Sin embargo, el padre del tricampeón fue tajante al describir un monoplaza que, desde sus primeras vueltas en pista, mostró un ritmo y una fiabilidad que han dejado boquiabiertos a los propios ingenieros del equipo. El RB22 no solo corre; parece entender el nuevo reglamento mejor que nadie.
La gran incógnita era la nueva unidad de potencia “Red Bull Ford”. Pero las señales son claras: el motor ha nacido con una salud de hierro, superando todas las pruebas de resistencia iniciales. Mientras otros equipos aún lidian con las vibraciones y el mapeo, en Red Bull el tono es de una confianza casi desafiante. No es solo velocidad pura a una vuelta; es la consistencia en las tandas largas, donde la degradación de neumáticos parece ser un problema del pasado, lo que realmente asusta a la competencia.
Este clima de optimismo borra de un plumazo las dudas que sobrevolaron el desarrollo durante el año pasado. El equipo ha cerrado filas y el mensaje es uno solo: están listos. Con este panorama, Max Verstappen se perfila no solo como un contendiente, sino como el gran rival a batir, decidido a estampar su sello de dominio en esta nueva era tecnológica desde la primera frenada en Sakhir.



