Amparada en las flexibilizaciones del RIGI, la petrolera estadounidense abandona la etapa de “espera estratégica” y lanza una ofensiva total en la Cuenca Neuquina. El plan no solo abarca megaobras de extracción y transporte de crudo, sino el regreso histórico al mercado de venta de combustibles mediante una alianza con la local DAPSA.
Tras monitorear las reformas económicas y la desregulación impulsada por el Gobierno nacional, Chevron confirmó un desembolso histórico de 10.000 millones de dólares para la Argentina. La hoja de ruta de la multinacional abarca toda la cadena de valor del sector energético. En el upstream, planea expandir la producción del emblemático bloque Loma Campana, inyectar u$s 3.330 millones iniciales en el prometedor proyecto Narambuena y consolidar El Trapial. En el midstream, la empresa participará en la ampliación de Oldelval y en el estratégico oleoducto Vaca Muerta Oil Sur (VMOS) para garantizar la exportación. El broche final de la operación es su retorno al downstream: tras casi dos décadas, Chevron volverá a vender combustibles y lubricantes al consumidor final en asociación con DAPSA, utilizando la infraestructura portuaria de Dock Sud y una red de 200 estaciones de servicio.
El círculo perfecto del oro negro
El anuncio de Chevron no es una simple inyección de dólares; es la validación internacional de que el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) ha logrado destrabar la parálisis del capital extranjero. La petrolera estadounidense había puesto su chequera en pausa a la espera de señales claras de estabilidad macroeconómica y libertad de giro de divisas. Con esas garantías sobre la mesa, la compañía decidió cerrar el círculo perfecto del negocio petrolero en el país.
El movimiento de Chevron expone la madurez de Vaca Muerta. Ya no se trata solo de perforar la roca y batir récords de extracción —con pozos cuya productividad supera en un 50% a los de Estados Unidos—, sino de resolver el histórico talón de Aquiles de la Argentina: la infraestructura. Al meterse de lleno en el financiamiento de los oleoductos de Oldelval y el proyecto exportador de YPF en Río Negro (VMOS), la firma se asegura la llave para sacar sus barriles al mundo sin pedirle permiso a los cuellos de botella del Estado.
Pero la verdadera estocada al mercado es su regreso a los surtidores. Al asociarse con DAPSA para comercializar combustibles bajo su marca, Chevron le avisa a sus competidores que no vino solo a exportar crudo, sino a disputar la renta final en la calle. Es la integración vertical en su máxima expresión. Si el Gobierno de Javier Milei buscaba un caso testigo para demostrar que la desregulación atrae a los gigantes de la energía, los 10.000 millones de Chevron acaban de darle su mejor argumento de gestión.
Puntos Claves
- El impacto del RIGI: La flexibilización de los controles de capital y la reducción de la carga tributaria fueron los detonantes para que Chevron pase de una “cadencia pausada” a la ejecución acelerada de sus fondos.
- El tridente extractivo: La inversión potenciará Loma Campana (que ya produce el 12% del crudo nacional), desarrollará más de 200 pozos en Narambuena (operado por CDNC) y consolidará la autonomía de la firma en El Trapial.
- La batalla logística: Chevron invierte en la ampliación “Duplicar Norte” de Oldelval (u$s 380 millones) y se asocia al proyecto Vaca Muerta Oil Sur para asegurar una salida exportadora por el Golfo San Matías.
- Integración vertical: La alianza con DAPSA marca el regreso de la marca Chevron a 200 estaciones de servicio argentinas, sumando la comercialización de su línea de lubricantes premium Havoline y utilizando la terminal estratégica de Dock Sud.
- Eficiencia vs. Costos: Aunque la productividad de Vaca Muerta supera a la de EE.UU., los costos de perforación locales son un 35% más caros. La inyección de capital buscará reducir esa brecha incorporando tecnología de punta y estandarización.



